En política, las palabras pesan tanto como las decisiones. El secretario de Educación, Juan Paura, lo olvidó al afirmar que un aire acondicionado “no entra en las necesidades básicas de un plan educativo”. Más que un desliz, la frase revela una desconexión preocupante entre la burocracia y la vida cotidiana de las escuelas.
En un país donde gran parte del territorio enfrenta temperaturas extremas, negar la importancia de un sistema de climatización es ignorar la realidad de miles de estudiantes y maestros que intentan aprender y enseñar en aulas sofocantes. El aire acondicionado no es un lujo: es una condición mínima para garantizar un entorno digno, saludable y propicio para el aprendizaje.
La torpeza de Paura no solo es discursiva, sino política. Al minimizar una necesidad elemental, erosiona la confianza en la Secretaría que encabeza y abre la puerta a críticas legítimas sobre la sensibilidad social de quienes diseñan las políticas educativas. La educación no se reduce a libros y pizarras; también implica infraestructura adecuada, seguridad y bienestar.
El episodio deja una lección clara: los funcionarios deben entender que la calidad educativa comienza en las condiciones materiales de las escuelas. Un aula sin ventilación adecuada es un aula donde el derecho a aprender se convierte en una batalla contra el calor.