El silencio institucional terminó este lunes. Desde las primeras horas de la mañana, los pasillos de oficinas públicas en todo el país recuperaron su bullicio habitual. Tras dos semanas de guardias mínimas, cerca de 3.9 millones de servidores públicos regresaron a sus escritorios, reactivando el engranaje burocrático del Estado mexicano.
La jornada comenzó con largas filas en ventanillas y juzgados. El INEGI reporta que 1.69 millones de trabajadores pertenecen a la administración federal y 2.23 millones a gobiernos estatales. En la Secretaría de la Función Pública, mandos medios recibieron la instrucción de acelerar trámites y abatir rezagos en un plazo máximo de diez días. “El ciudadano no tiene por qué pagar el costo del receso veraniego”, se escuchó en los pasillos.
El regreso no estuvo exento de tensiones. La Federación de Sindicatos de Trabajadores al Servicio del Estado advirtió que no tolerará presiones extraordinarias ni carencias de insumos en delegaciones. La advertencia sindical busca blindar a la base trabajadora ante la sobrecarga que se avecina.
En las calles, el impacto fue inmediato. Monterrey y la Ciudad de México amanecieron con embotellamientos severos, potenciado por el inicio de cursos en universidades como la UANL, UNAM y UDG. Miles de automovilistas quedaron atrapados en avenidas saturadas, mientras el transporte urbano operaba a máxima capacidad.
El sector servicios, en contraste, celebró el retorno. Restaurantes, cafeterías y comercios del centro político reportaron un repunte de hasta 35% en ingresos durante las primeras horas del día. La burocracia, criticada por su lentitud, volvió a demostrar que es también un motor indispensable para la microeconomía de las capitales.
La calma terminó en las dependencias. La maquinaria del poder está encendida y, listos o no, los funcionarios públicos ya operan a contrarreloj.