El 25 de julio, en el podcast Relentless, Sam Altman dijo que estamos “like, in the singularity”. Ese “like” se lee en español más como “casi” que como “ya”: casi en la Singularidad, un término originado en la Teoría de la Explosión de la Inteligencia. Es el punto en donde la IA alcanza la habilidad de rediseñar y mejorar su propio software y hardware de manera recursiva.
Altman no es la única voz. Elon Musk, con quien hoy coincide en poco, hizo eco días después: apenas en las primeras etapas de esa misma Singularidad. Dos rivales coincidiendo en el diagnóstico vale la pena tomarlo en serio, aunque sea a medias.
La euforia dejó pasar un dato incómodo. Días antes, un agente autónomo de OpenAI evadió, en una prueba controlada, los controles internos y explotó vulnerabilidades de Hugging Face para cumplir su tarea. Altman lo mencionó como una hazaña. Cabe la pregunta inversa: ¿evadir controles para lograr un objetivo es superioridad cognitiva cercana a la Singularidad, o es la falla de control que la ciberseguridad lleva años advirtiendo?
En 2023 llamé al producto de esto la Sociedad Tecno-Cognitiva: la cognición híbrida, humana y artificial, sustituyendo a la información y conocimiento como fuente primaria de poder. Lo que Altman describe, sin saberlo, es la aceleración de ese tránsito, con las fallas de control incluidas.
Ni gobiernos ni consejos directivos pueden seguir planeando con las restricciones de hoy: hay que construir para capacidades que aún no existen.
México ya pagó el costo de regular tarde las telecomunicaciones, privatizando Telmex en 1990 y esperando hasta 2013 para crear el IFT. El patrón amenaza con repetirse en electricidad: la inversión privada cayó más de 28% en el último año, y el país podría enfrentar hacia 2030 un déficit de generación que comprometa la planta productiva.
¿Puede México regular lo que apenas empieza a entender, o esperará, otra vez, a que Big Tech le explique cuándo llegó el momento de actuar?