La falacia de la superinteligencia

David Taboada

agosto 12, 2026

El pasado lunes 10 de agosto Mark Zuckerberg publicó el manifiesto The Future Is for Everyone urgiendo a la definición de una “filosofía” que oriente el uso de la superinteligencia artificial.

Mientras que la inteligencia artificial general iguala las capacidades cognitivas de un ser humano, la superinteligencia artificial va mucho más allá al superar por completo el intelecto humano.

El documento propone textualmente que: “En lugar de centralizar la superinteligencia, deberíamos distribuirla por todos lados y darle a cada persona la capacidad de dirigirla.”

La falacia de la democratización de la superinteligencia radica en suponer que la disponibilidad produce un balance de poder estable. The Future Is for Everyone sostiene que, si cada persona, empresa y gobierno cuenta con un agente superinteligente, nadie podrá imponer una ventaja. Se escucha bien, tan bien que me parece utópico e inalcanzable.

El propio documento revela la condición que puede invalidar esta propuesta: la superinteligencia dependerá de energía y agua para operar gigantescos centros de datos con procesadores de alto desempeño que produzcan la capacidad de cómputo masivo requerida. Es posible repartir el acceso a una interfaz y conservar concentrado el control de la infraestructura que entrena, actualiza y dosifica los modelos. En ese escenario, la democratización sería superficial.

La competencia tampoco será simétrica. Dos organizaciones podrán utilizar el mismo sistema, pero no tendrán los mismos datos, talento, capacidad de síntesis, disciplina de ejecución ni tolerancia para experimentar. Quien convierta mejor la inteligencia artificial en decisiones, productos y operaciones dominará mercados. El diferencial no será consultar a la máquina, sino gobernar el flujo cognitivo entre agentes de IA, personas y organizaciones.

Por eso, los gobiernos deben garantizar las condiciones de competencia y concentración, así como los requerimientos de agua y energía. Por su parte, las empresas deben prepararse para una carrera que ya comenzó. La superinteligencia puede ampliar la prosperidad, pero no democratiza automáticamente el poder. La será para todos; la ventaja seguirá perteneciendo a quienes controlen el cómputo, dirijan la innovación y sepan competir con ella.

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