Lago Escondido: memoria líquida de Monterrey

Paulo Cuéllar

septiembre 22, 2026

En medio del acelerado crecimiento inmobiliario, el tráfico pesado y las imponentes estructuras de concreto que definen a la zona de San Jerónimo, sobrevive un testigo silencioso del pasado industrial de la ciudad: el icónico Lago Escondido. Este cuerpo de agua de tonalidades turquesas, oculto a la vista del peatón común por bardas de propiedad privada, se mantiene vivo como un oasis artificial que se niega a desaparecer.

A diferencia de los parajes naturales del estado, el origen de este ojo de agua es enteramente humano. En la década de 1980, lo que hoy es un lago profundo funcionaba como una de las tantas pedreras y canteras activas que desgastaban las faldas del Cerro de las Mitras para extraer roca caliza. Fue la ambición de las excavaciones la que cambió el destino del lugar; al perforar la roca a gran profundidad, los trabajadores alcanzaron los mantos freáticos del subsuelo. En cuestión de meses, el agua subterránea brotó con fuerza y comenzó a inundar de forma natural el tajo minero abandonado, sepultando la antigua maquinaria bajo una gigantesca piscina urbana.

“Nosotros llegamos a San Jerónimo a finales de los ochenta y vimos cómo ese pozo enorme de la pedrera se llenó de agua casi de la noche a la mañana”, recuerda Teresa Mendoza, vecina del sector por más de 35 años. “Al principio nos daba miedo por lo profundo, pero la naturaleza reclamó muy rápido lo que las máquinas destruyeron. Es increíble que, con tantas construcciones y edificios que han levantado alrededor, ese espejo turquesa siga ahí, como un sobreviviente de la Monterrey de antes”.

Por su parte, Jorge Garza, habitante de una colonia contigua, coincide en el valor actual de este ecosistema: “Ver vegetación o aves ahí es un respiro para una zona tan saturada como San Jerónimo. El problema es que el crecimiento inmobiliario lo está asfixiando; las autoridades deberían protegerlo como un área verde comunitaria en lugar de dejar que solo las torres de departamentos de lujo disfruten de la vista”.

Durante los años 90, el sitio experimentó una curiosa dualidad social. De día, los vecinos de la zona lo aprovechaban de manera clandestina como un espacio recreativo familiar para la pesca de tilapias y el descanso. De noche, el aislamiento y la oscuridad transformaban el paraje en la legendaria “Villa Cariño”, un punto de encuentro masivo para parejas que buscaban intimidad al interior de sus vehículos. Esta dinámica concluyó a inicios de los 2000 tras la exposición mediática de sus actividades nocturnas, lo que derivó en operativos policiacos y su posterior clausura definitiva en 2008 por motivos de seguridad.

Los otros “lagos fantasmas” de la metrópoli

El fenómeno de San Jerónimo no es único en la capital regiomontana. Las entrañas de Monterrey albergan otras cicatrices industriales que se convirtieron en espejos de agua, ocultos a plena vista de la ciudadanía o transformados por el urbanismo:

  • El Pozo de CEMEX: Ubicado en los límites de Monterrey y San Nicolás, cerca de las avenidas San Nicolás y Ruiz Cortines. Es el gemelo más exacto del Lago Escondido; una enorme fosa de extracción de piedra que rompió los mantos freáticos y quedó inundada de forma permanente con aguas verdosas. Sigue siendo zona restringida.
  • Las fosas del Cerro del Topo Chico: En los antiguos tajos de las pedreras de Escobedo y San Nicolás, las filtraciones del subsuelo y las lluvias forman lagunas temporales de un intenso color azul turquesa debido a los residuos de caliza y mármol. Al ser terrenos inestables, el acceso está estrictamente prohibido.
  • El Lago de Céntrika: Localizado donde operaba la antigua fundidora de Asarco. A diferencia de las pedreras, este cuerpo de agua fue diseñado de manera controlada como parte de una remediación ambiental para sanear los pasivos industriales del sector, integrándose hoy como un parque residencial.
  • Lagos de Fundidora: Los actuales estanques del parque nacieron de las necesidades operativas de la vieja maestranza para enfriar el acero, conectando los pozos profundos del complejo con las corrientes subterráneas que bajan del Cerro de la Silla.

Hoy en día, el Lago Escondido sigue vivo, alimentado continuamente por las venas de agua subterránea que corren bajo Monterrey. Aunque ambientalistas y expertos advierten que el agua estancada acumula sedimentos minerales propios de la vieja explotación minera, el cuerpo de agua permanece como una advertencia hermosa y misteriosa de la era en que las pedreras moldearon la geografía regiomontana.

El Lago Escondido y sus “hermanos de asfalto” no deben ser vistos simplemente como accidentes geográficos o zonas de peligro cercadas por el desarrollo inmobiliario. Son, en realidad, monumentos involuntarios a la transformación de Monterrey. Nos recuerdan que la naturaleza siempre encuentra una fisura por dónde reclamar lo suyo, incluso ahí donde la dinamita y las excavadoras intentaron borrar el paisaje. Mientras las torres de lujo sigan cotizando la vista de este oasis turquesa, la ciudadanía y las autoridades enfrentan el reto de decidir el destino de estas memorias líquidas: ¿permitiremos que el concreto las asfixie por completo, o aprenderemos a integrarlas como los pulmones urbanos que la metrópoli tanto necesita? El agua sigue brotando; la respuesta nos toca a nosotros

Foto: Cortesía.

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