México y PISA 2025: cuando los promedios no reflejan lo complejo de un problema

Jorge Moreno

septiembre 14, 2026

Los recientes resultados publicados de la evaluación Programme for International Student Assessment (Programa para la Evaluación Internacional de los Estudiantes, o PISA) vuelven a colocar a la educación mexicana frente a un espejo incómodo. Y quizá lo más importante no sea preguntarnos si México “subió” o “bajó” posiciones en el ranking internacional, sino qué nos están diciendo estos resultados sobre las oportunidades que estamos ofreciendo a nuestros jóvenes.

Los datos publicados por la OCDE son contundentes. En PISA 2025, México obtuvo 388 puntos en matemáticas, 408 en lectura y 414 en ciencias. Los promedios de la OCDE fueron 463, 461 y 482 puntos, respectivamente. En matemáticas, además, sólo tres de cada diez estudiantes mexicanos alcanzaron al menos el Nivel 2, considerado por PISA como el umbral básico de competencia. En lectura y ciencias, aproximadamente la mitad de los estudiantes alcanzó ese nivel.

Pero hay algo todavía más preocupante: estos resultados no son un accidente de una sola evaluación ni pueden explicarse exclusivamente por la pandemia.

En matemáticas, México llegó a obtener 419 puntos en 2009. En 2025 obtuvo 388. En lectura, pasó de 425 puntos en 2009 a 408 en 2025. La historia, por tanto, es más larga que el periodo de cierre de las escuelas durante la pandemia. PISA 2025 confirma una trayectoria de deterioro que ya venía manifestándose desde mucho antes, pero que no es exclusiva del país.

Y aquí es donde los resultados adquieren una dimensión distinta cuando se leen a la luz de la investigación sobre desigualdad educativa en México.

En diversos trabajos académicos realizados con Sara N. Cortez Soto (UANL) y publicados en revistas especializadas, hemos utilizado la información de PISA a lo largo de sus últimas ediciones. Encontramos evidencia de que una parte importante de las diferencias en las brechas de rendimiento entre estudiantes en México se explica primero comparando escuelas públicas y privadas, luego comparando a México a través del tiempo, y finalmente contrastando los cambios observados en las brechas entre México y los países de la OCDE.

Consistentemente en todos nuestros resultados, hallamos que, si bien la condición socioeconómica del hogar, la estructura familiar y los factores observados de la escuela contribuyen a explicar las diferencias en el aprendizaje, también encontramos algo fundamental para interpretar correctamente PISA: los estudiantes no llegan a la escuela desde el mismo punto de partida.

Lo más importante es que, en todos los estudios realizados por Cortez y quien escribe esta columna, la asistencia a la educación preescolar aparece consistentemente como factor igualitario que reduce de manera permanente las brechas de aprendizaje entre géneros, entre sistemas educativos público y privado, en el tiempo y entre México y otros países de la OCDE. Este resultado comprueba una realidad que cambia la discusión.

El bajo rendimiento educativo de México no puede atribuirse simplemente a que “las escuelas públicas funcionan mal” o a que “las familias no apoyan suficientemente a sus hijos”. Ambas explicaciones, tomadas aisladamente, son incompletas.

La realidad es más compleja: el aprendizaje es resultado de la interacción entre las condiciones de origen de los estudiantes y la capacidad del sistema educativo para compensar esas desigualdades, por ejemplo, a través de la educación preescolar.

Y ésta debería ser una de las preguntas centrales de la política educativa mexicana.
México necesita una estrategia educativa que reconozca tres hechos simultáneamente:

  • Primero, el aprendizaje está estrechamente relacionado con las condiciones socioeconómicas de origen, pero éste no es el único factor que explica las brechas observadas.
  • Segundo, la escuela puede modificar, al menos parcialmente, el efecto de esas condiciones, particularmente mediante intervenciones tempranas y de calidad.
  • Y tercero, el deterioro del aprendizaje no se resuelve con una reforma curricular aislada, sino considerando a la educación inicial como base de su construcción en el largo plazo.

Necesitamos fortalecer la educación inicial y preescolar; recuperar aprendizajes fundamentales en lectura y matemáticas; fortalecer la formación y acompañamiento de los docentes; identificar tempranamente a los estudiantes rezagados; ofrecer apoyos diferenciados a escuelas y alumnos vulnerables; y evaluar sistemáticamente qué políticas funcionan y cuáles no.

Sobre todo, necesitamos volver a colocar el aprendizaje, y no solamente la asistencia o la cobertura, en el centro de la política educativa.

Ésa es la verdadera dimensión económica de PISA.

Más allá de la cobertura, México debe concentrarse en construir un sistema educativo capaz de lograr que el origen de un niño importe cada vez menos para determinar su futuro.

Sin este objetivo y sin métricas que permitan conocer avances o retrocesos en el sistema, estaremos condenando la vida de millones de niños y jóvenes, y el futuro de nuestro país en un mundo que tiene prisa y en el que rezagarse en un país rezagado es más una condena que una oportunidad de vida.

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