Los titulares causan inquietud: la ultraderecha avanza en Latinoamérica y consigue triunfos en Colombia, Perú, Chile y Ecuador. Es un nuevo brote de gobiernos conservadores que se suma a otros ultraderechistas como Bukele en El Salvador y Javier Milei en Argentina. Todos apoyados por el ultra mayor: Donald Trump.
Pero el término ultraderecha, por cómodo que sea para los analistas, no ayuda a entender qué está pasando dentro de estos movimientos y, quizás lo más importante, en qué se distinguen entre sí. Acabo de publicar un libro llamado La Guerra de las Narrativas. Ahí planteo que la derecha no tiene una sola narrativa. Tiene, al menos, cuatro variantes distinguibles, más o menos relacionadas entre sí. Una de ellas, incluso, ni siquiera es ideológicamente de derecha.
La primera es la Derecha Cultural. Se opone directamente al feminismo y a la cultura “woke”, calificándolas como una nueva forma de comunismo que mina paulatinamente los valores cristianos sobre los que se construyó la civilización occidental. Esta derecha no tiene muchos políticos, pero sí cuenta con polemistas bien entrenados, que lo mismo combaten la historia victimista de la Conquista que argumentan contra el lenguaje inclusivo. Su batalla es cultural y, por lo mismo, tiene poca presencia electoral.
Estrechamente ligada a ésta, está la narrativa del conservadurismo nacionalista, de la que Trump es campeón en Estados Unidos, pero que crece aceleradamente en Italia, Francia, España y el resto de Europa Occidental. Es una derecha preocupada por los problemas del Primer Mundo: la migración, el colapso del Estado de Bienestar, la desindustrialización, el cambio demográfico. Alegan que Occidente se debilita por la falta de carácter de sus líderes y por una globalización desigual, que erosiona sus economías en favor de regímenes poco democráticos como China, México e India. Por su carácter xenófobo, esta derecha tampoco tiene muchos seguidores en Latinoamérica, pero sus promotores en países desarrollados no han dejado de apoyar a liderazgos locales que consideran afines.
También podemos distinguir la narrativa de la derecha libertaria, cuyo mayor exponente es el argentino Javier Milei. Esta curiosa forma de liberalismo niega la existencia de fallos de mercado, propuesta por Adam Smith, y asume que toda falla económica es una falla del gobierno. En especial de los gobiernos populistas de izquierda, que gastan irresponsablemente en dádivas disfrazadas de programas sociales, volviendo a la gente dependiente del dinero gubernamental y acabando con las finanzas nacionales. La solución que plantean es la “motosierra de Milei”: recortar sin miramientos los gastos gubernamentales para permitir el regreso del libre mercado y el equilibrio en las finanzas.
Si bien esta narrativa encuentra eco en países quebrados por gobiernos populistas, la narrativa que más ha avanzado en Latinoamérica no es realmente de derecha. De hecho, no tiene ideología. Es una narrativa pragmática de centro: la narrativa del hombre fuerte. La historia que cuenta es la de gobiernos incapaces de hacer frente a la delincuencia, muchas veces coludidos con ésta, faltando a la primera y esencial función del Estado: proteger la seguridad de las personas.
Proponen, en cambio, al “hombre fuerte”. Práctico, implacable, inmune a los escrúpulos morales. Es el león alfa que sale a pelear por la tranquilidad de su manada, manteniendo a raya a las hienas. Las megacárceles, los toques de queda, los pactos con las pandillas que acepten subordinarse, los grupos rudos. La narrativa del hombre fuerte apuesta al miedo como lógica de voto: cedo mi libertad, pero recupero mi tranquilidad. La democracia, la transparencia, los derechos humanos pasan a segundo plano ante esa prioridad, siempre que no estorben a la eficacia del gobernante.
Estas nuevas narrativas de derecha están desplazando a la avejentada derecha neoliberal, que prometía desarrollo económico a cambio de apertura a la globalización y reformas estructurales que detonaran la competitividad. De la misma manera que la izquierda populista ha desplazado hasta casi el olvido a la izquierda democrática, que creía que la calidad del diálogo político derivaba en bienestar.
Ultraderecha es un término fácil para empaquetar y caricaturizar a estos movimientos, como si fueran una sola cosa, como si el ridículo los hiciera desaparecer. Pero sus narrativas siguen ganando adeptos y se vuelven más poderosas en toda la región. Más allá de los calificativos, no estaría de más preguntarnos por qué.