Las actitudes representan el fundamento de las diferentes interacciones que se dan entre las estructuras de la sociedad y los grupos que las conforman. Particularmente me referiré a la relación entre actitudes sociales y “neurodiversidad”, constructo social que Judy Singer, socióloga australiana, acuñó y describió en 1988.
Sabemos que la neurodiversidad no solamente involucra a una persona o a su familia, sino que compromete a cada uno de los miembros de la sociedad a través de la demanda de servicios adecuados y del impacto directo que ejerce sobre sus estructuras legales, políticas, económicas y culturales, que no satisfacen sus demandas y necesidades cotidianas. Por lo tanto, nuestras actitudes influyen sobre la forma en que socialmente percibimos a una persona neurodivergente y a la neurodivergencia misma.
Es por ello que aceptarla y entenderla es esencial para generar un ecosistema social y cultural estable, de modo tal que los cambios positivos de actitudes hacia la inclusión, el respeto a los derechos humanos y el estricto cumplimiento de los marcos jurídicos internacionales, nacionales y locales complementen los valiosos aspectos naturales de la diversidad humana. Desafortunadamente, en la actualidad la sociedad, a través de diversas acciones, acentúa los estereotipos y prejuicios hacia la neurodivergencia, olvidando que simple y sencillamente representa una variación genética y ambiental en el ser humano.
Las actitudes sociales hacia la neurodiversidad están redefiniendo las perspectivas hacia entidades como el autismo, la dislexia, el TDAH y otras diferencias cognitivas y de comunicación. Grupos de personas neurodivergentes, sus padres, organizaciones civiles y personas defensoras enfatizan en eliminar el uso del tradicional modelo médico, al luchar y promover la importancia de la inclusión, aceptación y reconocimiento social. Es así que las actitudes sociales generan un impacto real en la vida de las personas neurodivergentes: desde sus efectos en la interacción diaria hasta en cómo los servicios públicos y privados en educación, salud, transporte, trabajo y recreación entienden y atienden a las personas neurodivergentes y sus familias. La realidad es que cotidianamente continúan manifestándose actitudes negativas institucionales sin ser sancionadas, corregidas ni eliminadas, lo que refleja lo inadecuado de las políticas y estrategias en materia de bienestar social en México y particularmente en Nuevo León.
La interacción social expresada como “actitudes” representa un proceso importante de la experiencia humana y es esencial en el desarrollo humano. Asimismo, y desde una visión neuroquímica, las experiencias y actitudes sociales positivas elevan los niveles de serotonina, dopamina y oxitocina, mejorando la sensación de bienestar, empatía, generosidad y la reducción del estrés, entre otros efectos favorables. Simultáneamente, las personas al identificarse como neurodivergentes inician un mecanismo que da sentido a su vida, creando la percepción de pertenencia y participación dentro de su comunidad, cualquiera que ésta sea.
El concepto de neurodiversidad, vinculado con actitudes sociales, leyes y políticas públicas, debe cambiar la acción de “curar, medicar, excluir, condicionar” hacia la modificación y adecuación del medio ambiente, la elaboración y reglamentación de leyes actualizadas y pertinentes, así como de sistemas públicos y privados inclusivos dentro de un marco de corresponsabilidad y actitudes positivas que consideren la neurodiversidad como una variación natural en el ser humano y no bajo la perspectiva de una alteración médica. Se requieren instituciones y programas públicos actualizados y realistas en materia de educación, salud, empleo y derechos humanos, vinculados transversalmente con un sistema social que promueva y fortalezca las actitudes sociales positivas hacia las personas neurodivergentes. A menos que entendamos las actitudes sociales como elemento estratégico en el diseño, implementación y ejecución de políticas, no podremos evaluar el impacto de leyes y reglamentos que resuelvan y/o prevengan la exclusión y discriminación de las personas neurodivergentes. Así es que entonces debemos, al menos, intentar interpretar y entender la relación que existe entre actitudes sociales, discriminación y neurodiversidad.