Aunque la agenda mundial sigue su dinámica entre acuerdos y diferencias, con algunos aciertos en materia climática, olvidamos que vivimos en un planeta vivo, con sus propios tiempos, espacios y cambios. Es una realidad que la humanidad ha modificado el entorno a su conveniencia sin considerar la naturaleza; hoy nos sorprende que estos cambios ocurran de golpe y de forma extrema, con pérdidas humanas y materiales, catástrofes sin previo aviso. Es probable que esto último lo hayamos pasado por alto.
En este naciente siglo se ha documentado más información sobre eventualidades meteorológicas, geológicas y naturales que en toda la historia. Los medios y redes sociales nos enteran de todo lo que pasa en el planeta: lo bueno y lo malo, todo está en la red; los datos los conocemos y los discutimos. Hemos puesto atención a todas las estadísticas, menos a las climáticas.
Vale la pena cuestionar en qué ha fallado el ser humano en su conocimiento racional dentro de su evolución. A finales del siglo pasado inventamos algo llamado “desarrollo sustentable”, pero sus resultados no se reflejan en el ambiente del planeta. Pareciera que la responsabilidad social intenta cubrir el efecto y no la causa del deterioro. Hemos sido implacables en los derechos humanos y, aun así, hay regiones que los menoscaban. Pero ¿y los derechos del planeta? ¿Qué hemos hecho para sostener el derecho humano a vivir en un ambiente saludable? Las brechas generacionales han marcado sus distancias, pero como especie no hemos sido capaces de hacer los pactos ambientales necesarios para ser equitativos con la fuente de nuestra riqueza.
Somos una generación privilegiada en adelantos tecnológicos, pero nos hemos quedado en la fascinación de lo nuevo y avanzado. La inteligencia artificial nos sorprende día a día, pero no restaura el daño ambiental; no hay algoritmo que, hasta el momento, mejore la calidad del aire, restaure un bosque o una selva, o descontamine el agua de los mares. Solo el carácter y el juicio humanos son capaces de admirar, reconocer, conservar y cuidar el planeta. Es momento de ejercer el conocimiento con experiencia y pericia.
Siempre he dicho que la ingeniería es el arte de conjugar los conceptos que nos da la ciencia. Pero ¿qué ha pasado en materia climática? ¿No hemos desarrollado lo suficiente para hacer frente a esta amenaza? Los profesionales del medio ambiente debemos ser más preventivos que reactivos. No es posible que, por una falla, omisión o problema técnico en una instalación o fábrica de procesos químicos, suceda una emisión contaminante que nos impida descansar durante las noches en una ciudad que por décadas fue símbolo del progreso industrial.
Es un llamado al pensamiento y a la acción: tomar la información que la ciencia nos da sobre el actual deterioro ambiental mundial, desarrollar sosteniblemente las soluciones de ingeniería necesarias para mitigar los efectos adversos y tomar decisiones razonadas como sociedad organizada. Para una crisis climática, se requiere una brillante ingeniería ambiental y una efectiva toma de decisiones.